martes, agosto 22, 2006

La ventana del adiós (2 de 4).

Se paro y abrió la única ventana de su oficina, mirando hacia la calle, cómo si al mirar la calle Vera fuera a aparecer de pronto. Creyó verla a lo lejos, a un par de cuadras.
-¡Eh, Vera! -gritó a todo pulmón-, ¡Vera, llevo aquí esperando ya más de una hora, dígnese a llegar de una vez!
Pero ésa chica que a él desde la lontananza le parecía ser Vera no se veía siquiera enterada de los lloros de Verdad.
-¡Cállate, puto loco! -gritó sin embargo una vieja desde una ventana anexa.
-¡Sí, callaos ya, Verdad, la gente intenta dormir! -se escucho una segunda voz proveniente de un balcón que, rebosante de ropa recién lavada, se asomaba con el tenue alumbrado publico desde el edificio de enfrente.
Verdad levanto los brazos incomprendiendo la actitud de esos dos. Sin embargo, él, tirando de su autocontrol y queriendo demostrar su innegable capacidad protocolaria, comenzó a hablar.
-¡Pero si son las nueve del día, dormir a estas horas sólo los vagos y los enfermos! -dijo- Entenderán que a estas horas, si han de esperar un pan en vuestra mesa al llegar la tarde habrán de ganárselo, y es lo que yo pretendo, solamente, así cómo lo que deseo para Vera, mi secretaria. Es una chica sumamente servicial ella, además de infinitamente bien parecida, otra cosa es que entre esto ultimo y su corta edad, hay cientos de fanfarrones que con sus morlacos le pretenden.
-¡Cállate ya! -repitió desde su ventana la misma señora. Y una tercera voz se unió a la sinfonía contra Verdad.
-¿Otra vez tu?, ¡estas cómo una cabra, Verdad! -gritó con su tono chillón y estridente ésa tercera voz, proveniente de algún otro balcón del edificio de enfrente. Era la voz de una mujer muy mayor, se notaba. Y que no había sido feliz nunca, al parecer. Sólo alguien sumido en la eterna infelicidad llegaría a tener ésa voz.
-¡Esperen amigos! -dijo Verdad ahora mirando el cielo, dado que no podía ver a los tres a la vez- ¡si mi intención fuera molestarles, aún suponiendo que durmiendo estuvieran, que baje Dios, me señale, y quede con ello yo maldito! ¡Sólo estoy llamando a Vera!
Algunas voces más protestaron, siendo ya seis o siete los que gritaban contra Verdad.
-¡Queremos dormir, joder! -decía una.
-Si no te callas llamare a la policía -amenazaba otra.
-¿Alguno tiene un arma? -injirió un tercero.
Una paloma se posó entonces en la cornisa de la ventana de Verdad.
-Seguiré esperando aún contra su voluntad, lo siento. Ha llegado éste emplumado amigo, aunque bueno, no es Vera -gritó Verdad-, cómo esta claro que tampoco es Dios viniendo a señalarme, dado que Dios puede tomar la forma que guste, desde luego, ¿pero un pájaro sucio y sarniento?
Las voces eran cada vez más y más. Más y más. Veinte, cincuenta. Todos los balcones del edificio frontal tenían ya a una o más personas gritándole. En su propio edificio también casi todas las ventanas habían sido abiertas por personas que pedían el silencio de Verdad,
-¡El silencio o su cabeza! -gritó uno.
Y al poco retumbaba en unísono sea misma frase, que repetía la gente, una y otra vez.
Así que el licenciado prefirió cerrar la ventana y volver a lo suyo. "Piden silencio gritando, montón de locos estúpidos", se dijo, "seguro que cuando pidieron la mano de su esposa la abofetearon, y cuando tienen hambre se provocan el vomito". Tal analogía le provocó mucha gracia, que le saco de su estado de molestia y lo relajó bastante. Los gritos de "el silencio o su cabeza" habían césado ya.
-El primer cliente ya no ha de tardar -dijo en voz alta-, será mejor que ponga un poco de orden. Ojala Vera ya no tarde.
Su cliente era el doctor Justicia famoso por haber realizado el primer transplante de corazón en su ciudad. También tenía otros meritos médicos de relevancia local, cómo haber amputado sus propias piernas para demostrar la utilidad superior de la silla de ruedas cómo medio de transporte. Inclusive se ofrecía a amputar las piernas de quien lo deseara sin costo alguno, y presidía una ONG dedicada a dicha misión: La Casa Sobre Ruedas, cuyo eslogan era "Mutilemos los problemas". El licenciado Verdad le llevaba la contabilidad tanto de La Casa Sobre Ruedas cómo de sus labores profesionales, Justicia tenía un consultorio en el sur de la ciudad, famoso y exitoso, cómo era cualquier negocio al que Verdad diera sus servicios.
-¡Doctor Justicia! -exclamó, después de un rato, volteando con asombro hacia la puerta.
-Buena tarde licenciado -dijo una voz un tanto fingida, ronca y potente-, ¿llego a buena hora?
-Siempre es buena hora -expresó Verdad sonriendo-. Siempre es buena hora para recibirle señor, ¿Cómo le va todo?, ¿esta bien la señora, sus pequeñines?
-Están bien -contesto el medico-, ella y ellos. ¿Le cuento algo?, creemos que esta embarazada otra vez. Se ha estado mareando estos últimos días, además de que ha subido de peso, y usted sabe que come menos que un africano en medio de una guerrilla.
-Que sagaz y que negro es su humor -dijo Verdad-. Una felicitación por el embarazo de la señora Vera. Estará muy emocionada de traer al mundo a otra replica de usted.
-¡Replica de mi! -decía a risotadas el galeno-, vaya tino. La más pequeña, la dulce Obstetricia, ya sabe decir "electroencefalograma". Y se sabe todos los huesos del cuerpo, excepto los de las piernas, que ya le he explicado que son dispensables. Tan sólo cumpla los 18, estará lista para cortarse las piernas.
-Me da mucho gusto -sonrió Verdad.
-¿Cómo recuerda el nombre de mi esposa? -preguntó el señor Justicia.
-Oh, bueno, no ha sido difícil -explicaba el licenciado riendo-, todas las mujeres que tienen algo que ver en mi vida se llaman así. Mi esposa, mi madre, mi secretaria, mi hermana, la chica que nos hace el aseo en casa e inclusive aquella pueblerina con la que hace un tiempo me enrolle a la dulce sombra del desconocimiento de mi esposa se llamaba así.
-¿Y no serán la misma? -preguntó Justicia, sonriendo maliciosamente. Verdad se quedo mudo un par de segundos. Segundos de esos que gritan por morir dada la incertidumbre y terror que apodera a aquellos que los viven (o que los mueren), y pensaba realmente en lo que había dicho Justicia con un inconsistente pero cruel tormento- Es broma -dijo finalmente Justicia al ver el lío en el que había metido a Verdad. Y ambos echaron a reír sus gargantas a todo lo que sus cuerdas vocales podían dar. Verdad comenzó a toser, ahogado de la risa y Justicia presuroso se acerco rodando (recordemos que andaba en silla de ruedas) para asistirle.
Sonó la puerta.
-Es ésa loca -dijo Verdad sin decírselo propiamente a nadie, luego volteo la mirada hacia el doctor y continúo-. Ésa loca, ¿le he hablado de ella?, esté atento y escuche sus tozudeces.
La puerta volvió a sonar esta vez más fuerte.
-Escuche, escuche -dijo el licenciado a Justicia y éste avispó el oído.
-¡Verdad! -sonó la voz del otro lado de la puerta- ¡Abre de una vez el puto baño!, ¡son las cuatro de la madrugada, y tu te pones a gritar por la ventana y a reír así de alto!
-Vete de aquí -dijo el medico-, puta loca.
Verdad volteo a ver al doctor con una extraña mirada, y éste correspondo la mirada con una sonrisilla noble, pero complacida con la extrañeza que inundaba a nuestro licenciado.
-Pero si eso lo digo yo -alcanzo a decir Verdad, caminando hacia la ventana, aún présa de una ofuscada perplejidad ante el doctor, que había sabido sus palabras sin habérselas escuchado nunca. ¿Cómo había sabido de sus palabras?, ¿acaso le espiaba?, ¿acaso la conocía y ella le había contado?, ¿sería su esposa?
No. "Ninguna de ésas cosas es factible", pensó. "Es viable, sin embargo -y dada mi elevada capacidad de deducción, más que viable ha de ser absolutamente cierto- que, haya sido yo el que haya adivinado sus palabras. Sí, eso es. En realidad ésa puta loca a quien molesta es a él en su consultorio y yo he venido a visitarle y es así cómo he adivinado que la loca le toca la puerta. Debe ser eso. Todas las veces anteriores que he vivido situaciones con ésa mujer, y mas que "vivido" debería decir "pensado", han sido solamente producto de mi elemental fuerza de deducción. El silogismo es tan evidente cómo en consecuencia clara su respuesta: Si el doctor es cómo es, se debe a determinados factores, y yo he deducido esos factores, entre los que he encontrado que uno de ellos ha de ser una loca que toca a la puerta de su consultorio. Eso es. Ni el azul del cielo es tan fehaciente". Verdad miraba por la ventana. Ya no le preocupaba si Vera llegaría. De hecho ahora sabía que no habría de llegar, al fin y al cabo estaba en el consultorio del doctor Justicia y no en su despacho, ¿de que pintaría Vera aquí?
"La vista que tiene aquí el doctor es idéntica a la mía en mi despacho", observo.
-Sabe doctor -decía viendo aún a la calle-, la vista que tiene aquí es idéntica a la que tengo en el despacho. Una foto, eso es. Podría ser una foto de allá. O viceversa.
No obtuvo respuesta.
-¿Doctor? -dijo. Nadie contestaba. Volteo la vista y se encontró con que no había nadie.