jueves, agosto 24, 2006

La ventana del adiós (3 de 4).

Nadie. Peor aún, Verdad cayó en cuenta de que la puerta del consultorio de Justicia -donde nuestro licenciado se encontraba-, estaba cerrada por dentro.
-¡¿Cómo es eso posible?! -exclamó. Y volvió a echar un vistazo al consultorio, detenidamente, cómo si el doctor estuviera escondido, o se le hubiera perdido del panorama cómo quien pierde de vista un vaso o las llaves. Inclusive se sorprendió pensando en las formas en que un hombre en silla de ruedas pudiera esconderse, digamos, tras un perchero o tras un reloj de pared. Luego desecho la idea, "la gente siempre está muy pendiente del tiempo, un reloj no es un gran lugar en el que esconderse y pretender no llamar la atención", se dijo, "yo sin duda cuando busco algo, el primer sitio para examinar es tras los relojes".
-Estoy diciendo, pensando y haciendo estupideces -sentencio Verdad en voz alta-, y yo no soy un estúpido por lo que entonces ése no ha de ser mi proceder. Debo pensar cómo el doctor Justicia, tal cómo lo he hecho antes. De ese modo sabré donde está.
Sabedor de que podía no estar solo, se dirigió al escritorio del doctor "me sentare en él, seguro le molestara" pensó, "al menos a mi me molestaría que él se sentara en mi escritorio, aunque cómo no tiene piernas no se podría subir", y se río ladinamente de lo que acababa de pensar. Y se sentó en el escritorio.
El escritorio de Justicia era blanco, cómo casi todo lo que en su consultorio había. Inclusive daba a los niños chocolates blancos, y se tomaba el agua caliente con crema, pero sin café, para que el tono pardo de esté grano no ensuciara con su presencia su impoluta y nívea clínica.
Era un viejo ideático, y todo el mundo lo sabía, o eso pensaba Verdad. Muchas veces lo había tratado de convencer de cortarse las piernas, de mutilar sus problemas. Verdad, en un gesto de generosidad, y con la diplomacia que le caracterizaba, en alguna ocasión se zahirió las piernas con un picahielos, "así, doctor, demuestro mi acuerdo con usted respecto a la inutilidad que les imputa a las piernas, pero también dejo ver que no estoy dispuesto a deshacerme de ellas" le decía, "¡si a la imputación, no a la amputación!" solía bromear. Le gustaban los juegos de palabras. Luego le explicaba diferentes ejemplos de su utilidad: "Imagine que sería del fútbol o de las desnudistas de cabaret sin piernas. Yo acepto que son prescindibles, cómo prescindible también es el vodka, el hablar o la televisión; pero mientras me guste ver el fútbol por la tv, mientras tomo vodka y hablo con alguien; ¡mas aún las desnudistas! Me rehusó a renunciar a lo prescindible por ésas razones. Usted es un mártir, yo no".
Verdad seguía sumido en sus cavilaciones, sentado sobre el escritorio pensaba en las probabilidades y razones que le habían llevado a su situación. Cómo no le gustaba dejar cabos sueltos, estuvo dos horas recapitulando su vida, ya que estaba convencido de que todo hombre era la suma de sus experiencias, y ahora mismo él, él y no cualquier otro es el que estaba atrapado en ésa situación en la que se encontraba. Por eso era importante tener clara su identidad y convencerse plenamente de que él era él.
Tras semejante ejercicio, se centro en la situación del momento. "Aquí hay algunas cosas de las que puedo partir" razonaba, "en primera instancia si el seguro estaba echado por dentro, quiere decir que el doctor -o alguien más- está aquí. Lo evidente es que sólo yo estoy aquí, y dado que yo no he echado el seguro a la puerta, ese alguien que lo hizo ya no está. Ahora, es completamente obvio que no ha salido por la misma puerta, así que las opciones son dos: la ventana, o bien, un pasadizo secreto. Si fuera un pasadizo secreto no lo sabría, de saberlo no sería secreto y cómo he dado por hecho que lo es, también puedo concluir que no existe. Si existiera no sería yo conciente de él. Así que nos queda la ventana".
"También cabe preguntarme cómo es que he llegado aquí. Naturalmente, he venido a ver al doctor, pero he creído que llegaba a mi oficina, dado que he esperado el advenimiento de Vera... por otro lado, la esposa del doctor también se llama Vera, ¿y si en realidad a la Vera a la que esperaba, era a su señora y no a mi secretaria?, ¡Es una lastima que no lo recuerde!"
"Es verdad, además, que su vista de la ventana da a una vista idéntica a aquella que a mi despacho entra, por lo que, quizá sin saberlo compartimos el mismo lugar de trabajo. Eso explicaría en primera instancia la similitud de nuestras vistas, así cómo el que confundiera mi despacho con su clínica, y bueno, en ese caso sería algo lógico, y por añadidura dejaría de ser un despiste. Yo no soy un despistado".
Se acerco de nuevo a la ventana.
-Si alguien me puede aclarar algo acerca de mi vida, y de la del doctor, esos han de ser nuestros vecinos -arguyó con cierto fastidio-. Locos estúpidos sin vida, que se entremeten con la de personas importantes cómo el doctor y yo mismo, cómo si fuéramos películas para su diversión. Historias fuera de su alcance. Algo deben saber. Siempre saben. Siempre se intrometen.
Al acercarse a la ventana, Miro ligeramente hacia abajo, buscando inconcientemente a Vera.
-¡¿Alguno sabe quien es el doctor Justicia?! -gritó finalmente. Pero nadie contestaba, todo estaba en silencio y nadie contestaba- ¡Eh, háganme caso!
-¡Cállate! -dijo finalmente una voz, pero no provenía de ninguna ventana, ni de los balcones de enfrente, sino de detrás de la puerta de su despacho. Era la misma voz femenina que había tocado antes ya dos veces.
-Puta loca -exclamó Verdad con sopor y meneando la cabeza, para si mismo. Cómo quien se harta. Espero un momento en silencio para que se fuera la mujer ésa, momento en el que, le atravesó una idea clara y distinta. "¡Exacto!" pensó, e inclusive cerro los puños y los ojos, maravillado de su propia idea, "¿Qué hago preguntando a las aves sobre el cielo si al mismo Dios puedo referirme?, seria cómo si para conquistar a una mujer habláramos con su madre. Le puedo preguntar a ella. Ella debe saber perfectamente quien trabaja aquí, si Justicia, yo, o ambos".
La verdad es que de toda la vida ella le había causado lastima, y una profunda curiosidad. No lograba entender, aún cuando era alguien bastante entendido, cómo una persona podía llegar a degenerar en "eso" que ella era. No era una persona, era un alma absorbida por el enloquecimiento. ¿Pensar que su oficina fuera un baño?, ¿"sal del baño"? Y sabía casos peores, casos de gentes que vivían abstraídas de la realidad, sumidas en corrientes circulares de enajenación. Alguna vez pensó en abrirle la puerta de su oficina, pero no, siempre lo reconsideraba después. Lo extraño es que nunca la veía cuando llegaba. Se levantaba sin despertar a Vera, su mujer, se arreglaba y llegaba a su oficina, y hasta ahí, no sabía nada de ella. "Joder, si no sé ni cómo es ella" pensó, "que extraña sensación hablar con alguien que conoces pero cuyo rostro no identificas".
-Eh -exclamó acercándose a la puerta, y pego el oído en ella-, mujer.
-¡Verdad -exclamó ella notablemente sobresaltada-, sal de ahí de una vez!
-Tranquilidad -dijo él-, primero busquemos la tranquilidad.
-¿Tranquilidad? -gritó ella-, ¡si llevas ahí encerrado tres horas gritando y riéndote cómo lo que eres, un loco!
"Un loco", rumió Verdad con cierto gesto de indignación, pero enseguida se hecho a reír quedamente, para que la mujer no se alterase más. "Los locos siempre creen que los locos son los demás. No obstante, le seguiré el juego, ella debe tener la información que necesito, y de paso le desengaño, aunque eso me duele en el alma, pues la verdad es una medicina de ésas cuyo sabor hace preferir no tragarla", concluyó.
-Pero si es mi oficina, señorita -alcanzo a decir-. O más bien, creo que lo es, aunque ahora no estoy del todo seguro.
-Bueno -dijo ella con cierto alivio-, al menos te das cuenta de tu error.
-¿Entonces es el consultorio de Justicia? -preguntó el licenciado.
-¡¿Qué?! -prorrumpió ella sin contener su molestia- ¡un baño, Verdad!, ¡es un baño!
-A ver -dijo nuestro licenciado, alzando el dedo tal que si ella lo viese a través de la puerta, y tomo aire (lo que quería decir que avecinaba una pastosa y larga exposición). Se acerco más a la puerta y comenzó-, tenemos aquí una disyuntiva nunca antes puesta al sol que siempre una buena conversación es. No soy amigo de la polémica, pero el desacuerdo es una de las caras más fascinantes de la libertad, ¡y el mundo necesita libertad!, ¡necesita claridad de pensamiento, coherencia! ¡Indulgencia y paciencia a los errados! -y mientras decía estas palabras, volteaba a ver al cielo, pero no cómo quien a Dios clama por algo, no cómo si necesitara del cielo, sino cómo si el cielo necesitara de él-, ¡luz para ver!, ¡Y sólo ilumina aquello que se revela a través de las dudas!, ¡así que si dudas de mi, en tu derecho estas, claro que si!, pero le explicare, le explicare... -y se relamía los labios para dar con las palabras que necesitaba y que no encontró-, empecemos por...
-No hay por donde empezar -dijo ella. Y Verdad volteo extrañado a la puerta, por un momento había olvidado que hablaba con ésa mujer, estaba plenamente sumergido en su monologo-. No hay nada que añadir. Es el baño. Un ba-ño.
-Mi oficina tiene un baño -apuntó Verdad-, pero no toda es un baño. Seria cómo decir que usted fuera una vagina. Que tenga una no significa... o bueno..., yo... Vaya, que vergüenza de analogía. Os ruego me disculpe.
La mujer al otro lado de la puerta sin embargo ignoró el comentario. El licenciado no sabía que decir, se sentía abochornado.
-Dirígete al baño de tu oficina, Verdad -pidió ella, mucho más tranquila.
-¿Con que fin? -preguntó él. Y de su encogimiento surgió de nuevo su habitual porte jactancioso-. Mas aún, ¿por qué sabes mi nombre?, ¿por qué no sé yo el de usted? Primero ha de decirme algunas cosas y luego esperar a que yo haga otras.
Y Verdad se paro retador ante la puerta, hasta que fue conciente de que la puerta, que tenía un espejo, le reflejaba su estúpida pose sólo a él y no a ella. "Seguramente no sepa ni su nombre", pensó, "la he metido en un lío, ha de creer que es alguien más".
-Sé tú nombre porque eres mi esposo -dijo ella-. Y tu nombre no es Verdad, sino Víctor. Pero lo has olvidado y no lo aceptas. Yo me llamo Vera.
-Ya -dijo Verdad, tranquilo, quería seguirle el juego-. ¿Y quiere que vaya al baño de mi oficina?, ¿para que?
-Sólo ve a él -dijo Vera.
"Que vaya a mi baño" se decía él, "¡que disparate!". Por un momento planeo en simplemente hacer tiempo y decirle luego de un rato "vale, ya he ido", pero se daría cuenta, o eso él suponía. "Que este loca ni implica que sea tonta" pensó "y vamos, el placer de hacerme ir a mi baño es fácil de cumplírsele". Así que meneo la cabeza, aún incrédulo de lo que estaba haciendo y se predispuso a ir a su baño.
Pero su oficina era una habitación cuadrada, sin más puertas que la de la salida... se detuvo y pensó. Reviso detrás del reloj de pared, por si ahí estuviera la puerta. Por otro lado, volviendo a su duda original, concluyó que estaría indudablemente en el consultorio del doctor Justicia, dado que, en su opinión, "de ser la mía, recordaría donde está el baño".
Sus posibilidades ésta vez eran tres, aunque ninguna de ellas le parecía completamente satisfactoria. "La ventana, un pasadizo secreto o la misma puerta por la que he llegado" razonaba, "ya he refutado la probabilidad de un pasadizo secreto, no recuerdo que dije, pero si lo dije yo ha de ser lo que opino, y suelo tener una opinión igual a la mía, así que sea lo que sea lo que yo haya dicho, estoy de acuerdo. Así que nos queda la ventana o bien ésa puerta, la puerta principal", y se acercó a ella con cierto recelo, estudiándola. "Pero, ¿qué tan principal es?, ¿y si en realidad la puerta principal es la ventana, y esto no es más que una triste puerta de baño?".
"Términos cómo "puerta principal" o "ventana" está claro que son convencionalismos que no significan nada, una botella no va a dejar de ser una botella por mucho que nos refiriéramos a ella cómo "trapecista", eso no la volvería un trapecista. Así que ésta puerta principal, no por llamarse así va a serlo; y ésa misma regla para la ventana aquella, que no ha de ser una ventana necesariamente".
Volteo la mirada a la ventana, y la observo fijamente. Luego de nuevo a la puerta. Ventana. Puerta. Ventana. Puerta. Ventana. Puerta. Ventana. Puerta. Ventana. Puerta. Ventana. Puerta.
Ventana. Se acerco a la ventana. Y miro. Era la calle lo que había, cómo siempre. Ese era el panorama inmutable que ofrecía ésa ventana. A juicio de Verdad, las puertas principales solían -aunque consideraba que no era regla, pero también subrayaba el "solían"- dar a la calle. Quiso hacer una prueba.
-¡Estoy aquí, parado en mi puerta principal! -gritó a la calle, tan fuerte cómo pudo.
-¡¿Otra vez tú?! -gritó una voz. Y varios murmullos provenientes de todos lados le siguieron. Verdad alcanzo a escuchar las palabras "joder", "madrugada", "lechuga" y "fastidio".
"Aunque lo de "fastidio" me suena muy fuera de contexto, seguro no tenia que ver con lo mío" se dijo, "eso si, el comentario más claro, categórico e inmediato que obtuve de este ejercicio ha sido un "¿otra vez tú?", respuesta a mi afirmación "estoy en la puerta principal". Así que es muy claro que él preguntaba si yo otra vez estaba parado en la puerta principal. Lo que acredita que ésta es la puerta principal".
Dio media vuelta y miro la puerta. Apenas un instante bastó para salir de su inopia. Verdad se arrodillo y de sus ojos nacieron lágrimas llenas de pureza y agradecimiento. Ese templo de verdad y sus Dioses de clarividencia, el rayo siempre iluminador de lo irrebatible lo volvía a aluzar en medio de su penumbra de dudas.