Yo no quiero al amor, y por consecuencia, el amor no me quiere a mí. Recuerdo cuando era adolescente, y creía que el amor consistía en dedicarle canciones de Manzanero a chicas con buen culo.
Somos novios, compartimos mutuo amor profundo, y esas cosas, cuando lo que queríamos compartir, en realidad, eran los genitales. ¡Esa era una buena visión!
Luego uno crece y madura. O eso narra la leyenda.
Lo cierto es que habemos los que conservamos para toda la vida lo mejor y lo peor de nuestra era mozalbete. Como sea, creo que la mayoría de lo que la gente llama ser maduro es, en su mayoría, resignarse.
Los hombres no dejan nunca de desear sexo ilimitado con mujeres hermosas, solo se dan cuenta de que esta fuera de su alcance, o bueno, al menos esta fuera del mío.
Nunca dejamos de querer ser bellos, solo que algunos se adaptan a su fealdad.
Y así todo.
La madurez, pues, consiste en entender que debes limitarte a lo que se puede conseguir.
Yo ando por ahí mendigando amor y tranquilidad, cuando lo que mola es querer un iPod o la nueva rompevientos Nike, ¿para que quieres ser feliz si puedes tener
quince mil canciones en tu bolsillo?, ¿para que sirve la amistad si puedes andar como un campeón con un oropel estúpidamente caro encima?
No serán maduros, no, pero sin duda más inteligentes que un servidor que busca lo inalcanzable, sí. La felicidad y el amor son de plástico, o deberían serlo. Deberíamos poder ir a comprarlos a la tienda de abarrotes, enlatados y en polvo. Para tomarlos con leche por la mañana.
Si al menos el amor fuera inexistente, otro gallo cantaría.
Yo nunca he sentido ninguna frustración por no tener a Pegaso, por ejemplo -aunque, por otro lado seria bueno andar por ahí menospreciando a los peatones volando bajo sobre él-, pero los bienes que persigo sí existen.
Existen así como existen los BMW o las casas de tres pisos.
Están ahí, pero yo, en particular yo, no puedo alcanzarlos...