Me gusta hacer enojar a la gente.
Me gusta por ejemplo, repetirle las palabras a los vendedores para que se desesperen.
-¿Tienen algo que no sea puerco, mesero?
-Tenemos pollo, puede ser asado o frito. Se lo servimos con ensalada, o arroz.
-¿Pollo?
-Si.
-¿Asado o frito?
-Si.
-¿Ensalada o arroz, verdad?
-Si...
Eso es particularmente divertido con las personas jóvenes, que son menos pacientes y en general mas irascibles. Y también tiene que ver el hecho de que, cuando me contestan sin desesperarse, e inclusive algunos hasta con la misma cortesía que al principio, me siento un poco frustrado. Es como cuando la muchacha de secundaria a la que dedicabas tus puñetas y poemas pastelosos te mando al diablo (sí, a mi me mando).
También es bonito meterle miedo a los niños -¿me parece bonito, que pasa?-. Crearles esas bonitas paranoias hacia la oscuridad, llena ella de monstruos miserables que chillan como pajarracos asechando, dispuestos a saltarles encima y morderles el estomago, para comerse sus tripas y dejarlos ahí lloriqueando con las tripas de fuera. Muahahaha. O decirles que sus padres se enojaran muchísimo por cualquier nadería que hagan sin querer, o hacerles creer que han descompuesto algo... bueno, bueno, lo dejo por que ahora si mis bellas y sensuales lectoras tienen niños jamás querrán conocerme. Y nadie tiene un blog si no es para conquistar corazones, no señor.
Sobre eso de meter miedo también los adultos son campo reglamentario para mi -salvo si me sacan demasiada estatura que me gusta vivir-. Me gusta mirar a las chicas en el metro directamente abriendo mucho los ojos, como si se los fuere a disparan como misiles. Pero cuando pongo los ojos así no parezco un Panzer IV, sino mas bien un psicópata, o mas bien un psicópata en acción, que psicópata siempre parezco. También hago cosas como pararme afuera de un cajero automático si veo que alguien esta sacando dinero, por que se mosquean; o preguntarle algo a la gente, como la hora o por alguna dirección, simulando un tic aberrante, como un temblor en la cabeza o entrecerrar un ojo.
En general acepto que disfruto del sufrimiento ajeno, de hacerlos pasar mal, o joderles el momento. Pero no como la gente me ha hecho sufrir a mi. O tal vez en venganza precisamente de ello -venganza vana e infantil, si, pero ¡déjenme!, ¡es mi vida!-.